En algunas casas empezaron a verse actos de sabotaje desorganizados. Inicialmente, se trataba de una ligera melancolía que acababa en una olla de comida quemada o un camisa mal planchada, aunque a veces, incomprensiblemente, toda la vajilla acababa destruida en pedazos en el suelo. Padres y maridos se mostraban comprensivos con las enfermas que, ante sus propios descuidos, respondían unas veces con desesperación y arrepentimiento, y otras con absoluta desgana e incluso con cierto jolgorio mecánico. Aun así, el número de afectadas iba aumentando.

Observándolas, aun cuando se afanaban con cuidado en su trabajo, una repentina debilidad en las manos, un ligero mareo, bastaba para arruinar la tarea en la que estuvieran ocupadas. A veces, incluso aunque la actividad se desarrollara normalmente, cierta apatía o, por el contrario, un excesivo entusiasmo, volvían la situación extraña para el resto de presentes.

Sin que las jóvenes expresaran que hubiera algún problema, los médicos consultados se veían obligados a realizar una tortuosa explicación, que incluso les nublaba un poco los sentidos, tratando de explicarles que, aunque las situaciones a las que se enfrentaban eran de una violencia o degradación extremas, debían aceptarlas y comportarse con normalidad, pero sin decírselo directamente. Todos estos intentos fueron en vano, pues las muchachas se dirigían a ellos con mucho descaro: les insistían vehementemente que su interés era el cuidado de su familia y su reputación por encima de todo, y que era su deber cumplir con el mayor celo sus tareas y obligaciones.

Durante los siguientes meses, se desarrollaría un programa de sabotaje rotativo a nivel de todo el sanatorio para que todas recibieran cierta atención. Sin ni siquiera necesidad de ponerse de acuerdo, las pacientes se responsabilizaban, en turnos de duración variable, y hasta que los motivos de su enfermedad fueran explicados, para, cuando llegase el momento, exhibir un nuevo síntoma para sabotear el escrutinio de los médicos, a ser posible lo suficientemente desconcertante como para derrumbar sus sucesivas teorías. Tan pronto como el equipo de médicos se centrase en el significado de uno de estos síntomas, otra de las internas inventaría uno nuevo que los desorientaría. De esta manera, todo el sanatorio descansaba períodos variables durante un buen número de semanas, ya fuera por un desmayo o un ataque violento. Las propias técnicas empleadas para el sabotaje eran muchas y variadas, y no sé cuáles se utilizaron en la mayoría de los sanatorios o casas.

Lo que era notable en todo esto era el nivel de coordinación y organización de las enfermas, tanto dentro de un mismo sanatorio como en diferentes puntos no comunicados entre ellos, otros centros de reclusión, hogares… Si bien esta organización era una reacción a la necesidad de acción común, también era un medio de hacer funcionar el sabotaje, de obtener ayuda o incluso de organizar juegos y distracciones que servían para transformar y escapar de situaciones de extremo dolor. Justo esto fue lo que pasó en la clínica Salpêtrière.

Las internas, en las sesiones fotográficas y lecciones de los martes, organizaron un concurso para desorientar todavía más al doctor, que requería en ocasiones cierta preparación, y disociaciones corporales que exigían una gran concentración. Mientras el médico explicaba la dolencia, inducida previamente por hipnosis, la paciente le interrumpía con un grito, saliendo inesperadamente de su estado catártico para romper instrumentos y botes de esencias, lo cual hacía que los espectadores tuvieran que buscar inmediatamente refugio detrás de sillas y vaciados de escayola. Después de todo tipo de injurias y provocaciones, contorsiones y acrobacias, finalmente volvían a caer desmayadas convenientemente cerca de alguna camilla o diván. Alguna enfermera o bedel cómplice anotaba la cantidad de improperios y objetos rotos para el regocijo del resto del grupo. Esta competición duró varios meses, y más de ciento cincuenta piezas del instrumental fueron destrozadas. Y las apuestas iban bien.

En otra ocasión, todo comenzó con una de las enfermeras, antes paciente del centro, que, en un día caluroso, llevaba agua a sus compañeras cuando derramó parte del líquido sobre uno de los vigilantes. Esto se convirtió en una batalla campal de jarras de agua a lo largo del sanatorio que duró varias horas. La mayoría de los tratamientos y ejercicios de las enfermas fueron ignorados para que las chicas estuvieran libres para la batalla, y en muchos casos los guardias fueron encerrados para deshacerse de ellos rápidamente. Normalmente había diez o quince jarras o recipientes en acción en la batalla, todos con agua helada del pozo. Rociando agua por todas partes, las chicas se reían, gritaban y corrían: en esta atmósfera, había muy pocas que estuvieran de humor para mantenerse quietas en sus camas o sillas. Las salas se inundaban y todas estaban completamente empapadas. Pronto los vestidos y camisones se arrancaban y el juego se convertían en una gran fiesta durante horas. Una de las enfermas caminaba vestida solo con sus enaguas y el sombrero del doctor en la cabeza, para diversión del resto de pacientes y visitantes, que no entendían qué estaba pasando en el ala reservada a las histéricas.

El constante conflicto con la racionalización burocrática se expresaba cada día de forma dramática a la hora de la comida. La mayoría de las internas que no tenían consulta habían terminado sus tratamientos, se habían acondicionado y estaban preparadas en fila para ir a comer. Con treinta o cuarenta enfermeras o guardianes vestidos de blanco a un lado, y trescientas o cuatrocientas enfermas al otro, al sonido de la campana todas juntas empezaban a correr, contorsionarse y gritar, precipitándose hacia los platos, literalmente aplastando a los miembros del equipo más despistados, mientras de fondo la campana era ya inaudible y el comedor se había convertido en un auténtico caos.

Versión del texto del folleto "Lordstown 72", que explica las acciones de sabotaje en una planta de ensamblaje de coches en Detroit