“Subió a la alta escalera de su casa y tomando en su robusta mano…”.

Robusta mano… El traductor se frota la cabeza, frunce el ceño, repasando el último párrafo. ¿Vigorosa?, piensa. Vigoroso, como el apretón de manos de un hombre de negocios, un tiburón decidido y seguro de sí mismo. Ummm… ¿Fornida? Fornida, la mano de un leñador, una mano peluda, seguida de un brazo peludo, una mano que es bosque y aceite. No… ¿Corpulenta, pues? ¿Musculosa? ¿Membruda? ¿Hercúlea? Los sinónimos se acaban y ninguno encaja. ¿Recia? Finalmente, se da por vencido: ha de ser fiel a su traducción, no fantasear, no hablar por aquel a quien traduce, y apuntar, con muchas notas al margen, “robusta”.

Los hombres, estudiosos, leen que las manos de Penélope son robustas, y ríen: “Desafortunado”, observan. “Ridículamente inapropiado”, dicen. “Humorístico”, se jactan. Penélope sólo teje y desteje, teje y desteje, es una metáfora de la espera y de la fidelidad. Y, encantados por la metáfora, olvidan el cuerpo, como aquel de las bailarinas, fibroso, potente, del que nos empeñamos en conservar sólo la imagen, grácil, ligera. La mano de Penélope, efectivamente, tira, arranca, día y noche, entrenada en el movimiento perfecto y material de guiar el hilo, seguir al hilo, para extraerlo intacto. Una mano robusta, haciendo aparecer, y desaparecer, una línea en el tiempo.

Uno de los audios de la instalación "A la mà, la memòria", comisariado por Pilar Cruz para el Espai 13 de la Fundació Joan Miró.